La política no es un partido de fútbol
Vivimos la elección como un clásico de fútbol: hinchadas, camisetas y un árbitro al que se insulta. Pero la política no es fútbol. De por qué somos tan manipulables, por qué los extremos se necesitan, y por qué el centro, el rigor y la cultura (no la tribuna) son la verdadera salida.
Faltan pocos días para la segunda vuelta y el país parece menos un electorado que una tribuna. Hay camisetas, hinchadas, cánticos y un árbitro al que siempre se insulta. El 31 de mayo quedaron en pie los dos extremos (Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda) y desde entonces la conversación se redujo a lo de siempre: los nuestros y los otros.
La mayoría defiende a su candidato con un solo argumento: que el otro no le gusta. Y es válido, no lo voy a negar. Pero podemos ser más que eso. Una elección no es un clásico: no se trata de que gane mi equipo, sino de cómo vamos a vivir los próximos cuatro años, gane quien gane.
Me interesa entender por qué somos tan manipulables. Y la respuesta no es que la gente sea tonta (no lo es), sino que el cerebro humano prefiere pertenecer antes que pensar. Es más barato, emocionalmente, sentirse parte de una tribu que sostener una duda. Las campañas lo saben y los algoritmos lo explotan: nos muestran lo que nos indigna, porque la indignación retiene y la calma no vende. Así dejamos de elegir ideas y empezamos a defender colores. El votante se vuelve hincha, y el hincha no evalúa: alienta.
Crítica a mis propios argumentos
Lo digo porque yo fui ese hincha. Y de los dos equipos.
En algún momento recorrí el mismo camino que repiten muchos de mis amigos. Me consideré de izquierda porque era cool: había un enemigo invisible, culpable de todos mis males, y pelear contra él se sentía bien. Acababa de entrar a la universidad pública, sin las herramientas ni el criterio para no dejarme manipular.
Y volvió a pasar, en el otro extremo. En la Universidad de Antioquia terminé matriculando, por esas "casualidades" de la vida, una electiva de Macroeconomía (una de esas para subir el promedio). Todavía recuerdo al profesor: trabajaba en el banco más grande de Colombia, tenía el perfil del empleado corporativo que los de Ingeniería Industrial querían ser. Él me mostró a los liberales. John Stuart Mill se volvió mi favorito: la libertad como el bien más valioso del ser humano. Y caí en la fe ciega en el mercado, en que la mano invisible de Adam Smith lo organiza todo.
Tiempo después trabajé cerca de la gente real. La misma que hoy defiende a su equipo en este partido absurdo, donde además juegan dos equipos extranjeros en nuestra cancha y el nuestro ni siquiera compite.
Ahí entendí que tuve suerte. Nací con barreras, como cualquier persona común de los noventa, pero tuve un padre y una madre que me empujaron a estudiar. "Estudiar es tu única herencia", decía mi papá. Y entendí algo más incómodo: que la cancha está muy desnivelada. Yo subí la colina, sí, pero mientras otros iguales a mí iban en coche. En el camino había perdido la empatía. Me había convertido en lo que de joven odiaba.
Ni guerrilleros ni paracos
Por eso me cansa el guion de esta campaña. Que si tu candidato es guerrillero. Que si el tuyo es paraco. Es el nivel más bajo al que puede caer una conversación: reemplazar el argumento por la sospecha.
Cambiémoslo. Yo no quiero un candidato que me caiga bien por odiar a los mismos que yo. Quiero uno que sepa lo que es recorrer el camino de la clase media. Que haya tenido amigos con dificultades a los que de verdad querría ayudar, y también amigos de clase alta (que no son culpables de haber nacido con privilegio y que, como cualquiera, tienen algo que aportar). No hace falta romantizar el sufrimiento para reconocer el mérito. Lo sé bien: caí en eso, en creer que sufrir daba la razón. No la da.
El centro no es tibieza
Hay un punto de encuentro, y está en el centro. No el centro de los que no se mojan, como nos hicieron creer. El centro de los que piensan como ciudadanos que viven el día a día (el del recibo de la luz, el del transporte, el del colegio de los hijos) y no como políticos que manipulan y se creen por encima de todo y de todos.
El centro es más difícil que el extremo, porque el extremo te ahorra el trabajo de pensar: te entrega las respuestas empacadas y solo te pide lealtad. Y los dos extremos se necesitan: cada uno justifica su existencia señalando al otro como la catástrofe. Mientras se señalan, los problemas reales quedan reducidos a munición para la próxima pelea.
Las causas no tienen dueño
Hay una manera de pensar que se nos fue colando y que conviene revisar. La que ve a la empresa como el enemigo, cuando es la empresa la que crea el empleo del que todos vivimos. La que da por hecho que el que no piensa como uno está en contra del bienestar de la gente, como si querer un país con salud, educación y oportunidades fuera propiedad de un solo bando. La que se quedó con banderas que son de todos (el medio ambiente, la paz, la justicia social) y las convirtió en camiseta de equipo. Esas causas nos competen a todos, y volverlas propiedad de unos es la forma más segura de que la otra mitad del país las mire con sospecha.
Y de puertas para adentro hay algo que me duele todavía más: la falta de rigor. La idea, cómoda, de que la ley es opcional cuando estorba. Que saltarse el "pare y siga" mientras arreglan la vía no es nada. Que quedarse con lo que no es de uno se justifica si a uno le tocó menos. No. El rigor no se negocia. Las leyes tienen errores (para eso existen el congreso, el debate y el voto, para cambiarlas), pero mientras existan se cumplen. Una sociedad donde cada quien decide qué ley obedecer no es más justa: es más débil, y en la debilidad siempre gana el vivo.
Una clase media enorme
Por eso sueño con una clase media enorme, y no como una abstracción de economista. Lo pienso en concreto: que quien decida ser plomero valga, ante la sociedad, lo mismo que un ingeniero. Que con su oficio pueda acceder a los mismos bienes y servicios, llevar a sus hijos al mismo colegio, ir al mismo médico. Una sociedad moderna no es la que tiene unos pocos muy ricos: es la que tiene mucha gente capaz de pagar por más y mejores servicios. Esa es la que puede darse el lujo de invertir en ciencia y en investigación (i+d), y de hacer del conocimiento su activo más valioso. Un país no se hace rico vendiendo barato lo que saca de la tierra, sino cuando lo que sabe vale más que lo que extrae. Y se llega ahí sin tumbar a nadie de la carrera: ayudando al que arranca de atrás sin desbaratar lo que otros ya construyeron con esfuerzo.
La cultura también es una cancha desnivelada
Hay una desigualdad de la que casi no hablamos: la del acceso a la cultura. Muchos de mis estudiantes nunca han pisado un museo. Y a veces los critican por lo que escuchan, por la cumbia peruana, como si su gusto fuera un defecto. No lo es. En ciudades como Girón esa es la cultura popular, la que se vive y se baila, y está bien que así sea: perder la identidad no es progresar.
Pero una cosa no quita la otra. Qué bonito sería que siguieran con lo suyo y, además, supieran reconocer un Dalí o leer un cuento de Borges. Eso no es volverlos "cultos" a la fuerza: es darles más mundo. Hoy el arte todavía es privilegio de unos pocos sensibles. Ojalá pronto sea de muchos.
El gobierno de los sabios
Confieso una debilidad: creo en algo parecido al gobierno de los sabios que imaginó Platón. Pero con una condición que él no puso. Que sabio pueda llegar a ser cualquiera, y no solo el que nació donde había libros, museos y buena conversación. Mientras la cancha siga desnivelada, los "sabios" son apenas los que tuvieron acceso, y eso no es sabiduría: es suerte heredada. Por eso nivelar la cancha es, antes que nada, repartir la posibilidad de llegar a serlo. Y ojo: los que deberían decidir no son los políticos de un bando ni de otro. Son la gente preparada y sensible de la sociedad entera, esa que hoy ni siquiera se sienta a la mesa.
Para eso es este blog
Lo que de verdad nos falta no es un candidato más. Nos falta criterio. Y el criterio no se hereda: se forma, se enseña. Por eso este espacio no le va a decir a nadie por quién votar, ni va a tratar de bruto al que piensa distinto. Señalar a la gente de ignorante es la salida fácil, y además no convence a nadie. Prefiero entender su realidad y sus dolores, y desde ahí mostrar cómo funciona de verdad este juego: qué es una reforma tributaria y a quién toca, cómo se arma un presupuesto, quién paga qué. Porque no todo es como nos lo cuentan en TikTok, con un video recortado o francamente falso, hecho para enojarnos. Un ciudadano que entiende la máquina es mucho más difícil de manipular que uno que solo sabe a qué equipo le va.
El 21 de junio votaremos, y alguien ganará. Pero la verdadera elección es otra, y la hacemos todos los días: seguir siendo hinchas o empezar a ser ciudadanos. Gritar o entender. Sueño con un país más sensato, donde pueda criticar sin miedo al candidato por el que voté (porque un presidente no es el capitán de mi equipo, es un empleado del pueblo). Y sueño con que lo gobierne gente que hizo la fila en la panadería del barrio, que soñó con llenar el álbum de Panini cuando todavía era un lujo, y que hoy puede marcarle la ruta a los que vienen. No para hacérsela fácil: para que les sobre tiempo y lo gasten en lo que hoy es privilegio de pocos. En pensar. En crear. En ser, por fin, muchos.